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Este Búho tiene la costumbre de preguntar a los niños, entre 8 y 10 años, si saben alguna poesía de César Vallejo. Siempre encuentro respuestas negativas. Me sorprendo, a esa edad, en primaria, en mi colegio, el Santísima Trinidad, en Chacra Ríos, en todas las actuaciones, el gordito Quevedo declamaba 'Los heraldos negros'. Lo hacía con tal dramatismo y perfección, que desde tercero hasta quinto nunca faltó en una actuación. Antes de que los profesores se transformaran en mediocres sindicalistas, se enseñaba poesía a los alumnos desde la primaria. Todos leíamos a Alejandro Romualdo, en su monumental 'Canto coral a Túpac Amaru'. Esa poesía me hizo (de niño) comprender mejor la gran rebelión del Cacique de Tungasuca. Era sencilla y comprensible para un infante, pero transmitía aquella ferocidad de sus enemigos y la monumental fortaleza, fuera ya del mundo terrenal, del rebelde cusqueño. '¡Querrán matarlo... ¡y no podrán matarlo!' Ya en la Universidad Mayor de San Marcos, pude conocer más del vate. Una vez mi amiga Tatiana Berger nos lo presentó en el patio de Letras, en una de las pocas veces que llegaba por allí en los 80. Era una leyenda. Esquivo con la publicidad y los reportajes. Yo lo veía ingresando a un departamento de Lince, en Macma Ocllo, donde vivía mi bisabuela Amalia. Allí moraba el padre del poeta, el gran cómico Alex 'mono' Valle. O sea, lo artista lo heredó. El vate murió solo. Nunca renegó de su militancia política. Nunca se vendió a los homenajes, siempre tardíos e hipócritas. Ni a la desquiciante vanidad y egolatría de la entrevista. Por eso falleció sin avisarle a nadie. El gobierno de Alan García pidió que el poeta, de puño y letra, pidiera una pensión, cuando sus amigos hicieron una campaña a su favor. Enterado, Romualdo jamás aceptó. Llevó su consecuencia al máximo. Alguien escribió que 'ser feliz en un país como el Perú, es un pecado'. Creo que así pensaba Romualdo. Desde 1952, cuando escribió este premonitorio poema: 'Basta ya de agonía/No me importa la soledad, ni la nada/Estoy harto de escombros y de sombras/quiero salir al sol y verle la cara (A otra cosa. 1952). A los 82 años, el poeta merecidamente le vio la cara al sol y salió de su infausta soledad. Apago el televisor.
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