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El suicidio de Otto de Rojas, el popular pianista de 'La peña Ferrando', me sobrecoge. De niño lo recuerdo detrás del órgano, con su chivita, soportando estoico las bromas implacables del 'zambo'. Porque si algo de democrático tenía Ferrando, era que no solo martirizaba al negro 'Tribilín', sino también a la 'Gringa' Inga y al peruano colorao, blancón, como su pianista. El músico solo atinaba a reírse, azorado, nunca respondía. El público se mataba de risa. Más que hablar de la 'maldición' Ferrando, que es como el imaginario popular asume la seguidilla de muertes de los incondicionales integrantes de su inolvidable 'Trampolín', creo que la cancelación del programa y convertirse en ciudadanos anónimos fue un estigma que tuvieron que soportar. Muchos no resistieron pasar a ser anónimos, otros hasta se vieron hundidos económicamente, como los hijos de Ferrando o el mismo 'Tribilín'. Esa es, creo, la verdadera maldición. Otto de Rojas vivía en un departamento en Miraflores, pero solo, alejado de las masas que, sábado a sábado, lo admiraban por su talento con el órgano. Leonidas Carbajal fue el primero en irse. Era el engreído de Ferrando. El gran orador de erudición engañosa, un Demóstenes del Callao. Alejado de 'Trampolín' y reemplazado por Lucho 'Cincuenta kilos de arroz' García, Carbajal se dejó abatir por la enfermedad y murió relativamente joven. De igual manera, los hijos de Ferrando, 'Chicho' y Rubén. Para ellos, la maldición se las dio el mismo animador, al sobreprotegerlos. Nunca lograron abrirse camino separados del padre que les compraba casas, pagaba estudios a sus hijos y les daba trabajo. No respetaron ni la enfermedad y retiro del animador y públicamente le exigieron que los siga manteniendo pese a que ya eran abuelos. Al morir Augusto, comenzó su rápida agonía y fallecieron de diabetes en la pobreza. Otto de Rojas se refugió en su casa. Dicen que una enfermedad terminó por ahondar sus crisis depresiva. Debió ser un arranque, pues no dejó ni una carta de despedida. Se fue en vida, pero dejó una herencia. Sus hijas, su carrera y varios discos que bien harían las radios nostálgicas en difundirlos. Vivió para divertir al público, nadie supo que por dentro tenía una tristeza imposible de mitigar. Apago el televisor.
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